Casos reales de creatividad, tecnología y pasión: donde las ideas cobran vida.
Explora los proyectos que han marcado el camino de Soluciones AIT. Desde desarrollos digitales hasta experiencias audiovisuales, cada historia refleja cómo la creatividad y la inteligencia tecnológica pueden transformar lo cotidiano en algo extraordinario.

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Todas las fotografías de este portafolio fueron realizadas con una cámara Canon EOS 5D Mark III, un lente Canon EF 70-200mm f/2.8 Serie L, un lente Canon EF 24-70mm f/2.8 Serie L y un extensor Canon EF 2×.
Cada imagen fue editada por el equipo de Soluciones AIT, usando Lightroom y Photoshop (Adobe), reflejando nuestra pasión por el detalle, la luz y la narrativa visual.

En medio del bullicio y la alegría del FIFA Fan Fest (realizado en el Forte de Santo Antônio da Barra, en Salvador de Bahía), un niño levanta los brazos hacia el cielo, como si abrazara la emoción colectiva que vibra en el aire. El sol baña su cabello dorado mientras, detrás, el mar y la multitud celebran juntos la fiesta universal del fútbol: Brasil 2014.

En pleno centro urbano, el Parque Municipal Américo Renné Giannetti, en Belo Horizonte, guarda un oasis de calma entre lagos y palmeras centenarias. Frente a él, el Othon Paencaje domina el horizonte con su arquitectura curva y dorada. Un reflejo del contraste perfecto entre naturaleza y modernidad en la capital de Minas Gerais.
GALERÍA 1: Mundial Brasil 2014
GALERÍA 1: Mundial Brasil 2014
Una Copa del Mundo es, quizás, uno de los escenarios más fértiles para un fotógrafo. En 2013 acababa de completar mi equipo profesional de fotografía y, con la ilusión de un niño que estrena su juguete, me lancé —con más de siete kilos de equipo al hombro— a registrar uno de los eventos más vibrantes del planeta: el Mundial de Brasil 2014. Todo allí palpita: su historia, su gente y la alegría compartida.
Asistimos a partidos —retratando la majestuosidad de sus estadios— , recorrimos calles rebosantes de vida y visitamos lugares emblemáticos. Brasil, considerado el país más festivo y apasionado por el fútbol, es también tierra de un calor humano inigualable, donde la energía, la música y la intensidad de su gente —en especial de sus mujeres, reconocidas por su carácter candente y su alegría contagiosa— se funden en cada celebración.
Cada imagen es un fragmento de júbilo, un testimonio de la fuerza brasileña y de la belleza que surge cuando el deporte, la emoción y la cultura convergen en un mismo instante.

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Decidí asistir a la Copa del Mundo porque ya había estado antes en Brasil, durante un carnaval. Quedé fascinado, no solo por la magnificencia de Río de Janeiro, sino, sobre todo, por la extraordinaria calidez de su gente. Entonces pensé que el Mundial sería una excelente oportunidad para practicar mi incipiente afición por la fotografía.
El tour mundialista abarcó cuatro ciudades: Salvador de Bahía, Belo Horizonte, São Paulo y Río de Janeiro. Sin duda, el mayor atractivo turístico de Brasil es el Cristo Redentor, en Río de Janeiro. Este monumento emblemático, situado en la cima del cerro del Corcovado, es célebre tanto por su profundo simbolismo religioso como por las imponentes vistas panorámicas que ofrece de la ciudad.
La estatua está construida con hormigón armado y recubierta con piedra esteatita (también conocida como “piedra de jabón”), un material elegido por su suavidad para esculpir y su resistencia natural a la erosión tropical. Su construcción duró nueve años (1922-1931) y requirió transportar piezas de más de 1,000 toneladas hasta la cima del Cerro del Corcovado, a 710 metros sobre el nivel del mar. Fue diseñada por el ingeniero brasileño Heitor da Silva Costa y esculpida por el artista francés Paul Landowski.
Desde el Corcovado, el paisaje se despliega con una magnificencia difícil de describir: la ciudad se extiende como un sueño entre montañas y mar. A los pies del Corcovado, la Bahía de Guanabara abraza sus islas, veleros y al imponente Pão de Açúcar, eterno icono de Río. Es una vista que combina misticismo, geografía y una poesía tropical que respira bajo la mirada serena del Cristo Redentor.
Una de las cualidades más notables del pueblo carioca es la calidez y solidaridad de su gente. Es común que, cuando un turista pide indicaciones, los locales se esfuercen por ayudarle, e incluso que varios se reúnan espontáneamente para ofrecer distintas sugerencias sobre cómo orientarlo. Una persona local me comentó que los brasileños sienten una particular curiosidad por lo extranjero y, en especial, una gran simpatía por el acento mexicano.
Me atrevería a decir que se trata de una forma de malinchismo cultural, esa fascinación por lo foráneo que, en cierto modo, revela tanto apertura como una peculiar forma de admiración.
Nunca he sido de esas personas que viven el fútbol con fervor. A veces paso por las calles y veo los bares repletos de fanáticos porque se juega la final de la Champions o un partido importante, y apenas me entero de lo que ocurre. De hecho, la fotografía de Lionel Messi que aparece en esta galería, y ni siquiera recordaba haberla tomado, hasta que comencé a revisar el material para organizar estas imágenes.
En aquel entonces, Messi aún no alcanzaba la dimensión mítica que tiene hoy. Irónicamente, fue gracias a mi hijo —apasionado del fútbol en los últimos años— que empecé a conocer más sobre su figura y su relevancia en el deporte. Aun así, sigo sin comprender del todo cómo un juego puede despertar tanto fervor y fanatismo.



Arriba a la izquierda: Orquídeas en el Jardín Botánico de Río de Janeiro. / Arriba a la derecha: El techo de la Iglesia de San Francisco deslumbra con su geometría dorada y sus escenas celestiales. / Abajo: Fuente Central del Jardín Botánico de Río de Janeiro.
Hablemos de fotografía. Dicen que la mejor cámara es la que puedes llevar a todas partes, porque los mejores momentos son, precisamente, los más difíciles de capturar. Es casi imposible montar un set para un encuentro inesperado con alguien a quien no ves desde hace años y que aprecias profundamente. Hoy, en tiempos donde abundan las escenas fabricadas para las redes sociales, se ha vuelto común simular momentos que carecen de autenticidad. Sin embargo, la fuerza de lo espontáneo y lo genuino jamás podrá ser reemplazada.
Por eso practico lo que llamo “robar momentos fotográficos” —método que usé bastante durante el mundial—: captar lo natural, sin pedir poses, sin que los sujetos se den cuenta. Esa franqueza revela verdades que la pose oculta, aunque conlleva riesgos: la gente puede interpretar la discreción como una intención oscura, por lo que exige tacto, responsabilidad y respeto cuando la mirada ajena se cruza con la tuya.
La foto del Bananero —ese hombre desenfadado con el cinturón al cuello y banana en mano— y la del niño alzando los brazos en el FIFA Fan Fest —la primera imagen de la galería— fueron tomadas sin que ellos siquiera lo advirtieran.
Ahora bien, existe otro secreto en la fotografía: cantidad versus calidad. Muchos creen que una buena imagen depende de esperar el instante perfecto o de que el sujeto adopte una pose ideal. En realidad, la clave está en el volumen y la estadística: tomar una enorme cantidad de fotografías del mismo motivo, muchas más de las que uno imagina, para encontrar entre ellas una o dos que realmente destaquen.
Recuerdo haber leído —o quizá escuchado— sobre un fotógrafo que seleccionaba apenas una o dos imágenes de entre más de cien tomas, un ejemplo perfecto del principio estadístico aplicado a la fotografía. En mi caso, con el Bananero, disparé, en modo ráfaga, unas siete u ocho tomas en apenas dos o tres segundos. Con el niño que levanta los brazos en el FIFA Fan Fest tomé entre diez y veinte fotos antes de obtener aquella que, al verla, supe que era la correcta.
En aquel entonces tuve la idea de lanzar un sitio web dedicado a la fotografía. Creía que bastaría con publicar imágenes impactantes del Mundial para alcanzar el éxito. Pero, ¡qué equivocado estaba! Pronto comprendí que, en tecnología, el verdadero logro solo llega tras un trabajo constante y exigente, y después de realizar una infinidad de tareas que, al inicio, jamás imaginé necesarias.
Mirando hacia atrás, comprendo que cada uno de mis proyectos ha sido un peldaño más en un camino cuyo destino aún desconozco, pero que sigo recorriendo con la misma pasión y curiosidad del principio.
Mis conclusiones sobre el pueblo brasileño son claras: no se contempla, se respira, se oye, se vive. Su magia brota del pulso de su gente, del sol que ilumina cada alma con un matiz distinto, del tambor que nunca calla, ni bajo la lluvia ni ante la tristeza. Aquí, la vida no pide permiso: se desborda en color, en piel, en risa. Y en cada esquina, un gesto amable te recuerda que, en Brasil, la alegría no es solo una emoción: es una forma de existir.






